martes, 15 de agosto de 2006

Para la mitología teutónica fue ODIN –uno de sus dioses mayores- quien descubrió las RUNAS mientras realizaba un ritual de autosacrificio. Primero, se rasgó el cuerpo con su lanza, y se ató a Yggdrasill –el fresno sagrado que sostiene los cielos-. No comió ni bebió por nueve días y nueve noches. Así, atravesó los Nueve Mundos y entró en lo más profundo del ser, donde vislumbró los símbolos. Con un grito se lanzó hacia las raíces del árbol y se apoderó de las RUNAS. Tanto fue el esfuerzo que casi murió, pero logró retener las RUNAS, símbolos sagrados de su gran Yo, el rostro de su dios. Cuando Odín cayó al suelo, las RUNAS salieron de su corazón.
Originariamente, las RUNAS se hacían de trozos de ramas -generalmente del tejo-, y también en hueso y piedra, donde se las grababa con propósitos ocultistas. Pintar las RUNAS con sangre era un factor importante en el poder de estos símbolos. Tiempo después, se sustituyó la sangre por pigmentos rojos, que mantiene en el inconsciente humano el poder que este color le confiere a los Símbolos Esotéricos Rúnicos.
El uso que se les da a las RUNAS es flexible, destinándose tanto a rituales mágicos, a prácticas de adivinación o a lograr estados de meditación como a solucionar cualquier tipo de problemas. Las RUNAS permiten oír y entender las sabiduría de los dioses, los arquetipos del inconsciente.

Cuando se trabaja con los Símbolos Rúnicos nos conectamos con dimensiones desconocidas. Por eso la advertencia de No Jugar con Runas y sólo utilizarlas cuando se domina ampliamente el significado de ellas y la energía que pueden liberar. En la “Saga de Egil” se advierte:

NO DEBE UN HOMBRE JUGAR CON RUNAS
A NO SER QUE BIEN PUEDA LEERLAS
QUE MUCHAS A UN HOMBRE LLEVARAN
A UN FALSO ESCALÓN EN EL QUE TROPEZAR.

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